Un padre casó a su hijo y le donó toda su fortuna. Quedose a
vivir el padre con los recién casados, y así pasaron dos años al cabo de los
cuales nació un hijo al matrimonio. Fueron luego sucediéndose los años, uno
tras otro, hasta catorce. El abuelo, anciano ya, no podía andar sino apoyado en
su bastón, y además, la mujer de su hijo, la cual era orgullosa y vana, y decía
continuamente a su marido:
- Yo me voy a morir pronto si tu padre continúa viviendo con
nosotros. Me es imposible sufrir ya por más tiempo.
El marido se fue a encontrar a su padre y le hablo de esta
manera:
- Padre, vete de mi casa. Ya te he mantenido mucho tiempo.
- Hijo, no me eches de tu casa. Soy viejo, estoy enfermo y nadie
me querrá. Por el tiempo que me queda de vida no me hagas esto. Me conformo con
un poco de paja y un rincón en el establo.
-No es posible, vete. Mi mujer no quiere que vivas con nosotros.
- ¡Que Dios te bendiga, hijo mío! Me voy, ya que así lo deseas;
pero al menos dame una manta para abrigarme, pues estoy muerto de frío.
El marido llamó a su hijo, que era todavía un niño.
- Baja al establo y dale a tu abuelo una manta de los caballos
para que tenga con qué abrigarse.
El niño bajó al establo con su abuelo; escogió la mejor manta de
los caballos, la menos vieja, la doblo por la mitad, y, haciendo que su abuelo
sostuviera uno de los extremos, comenzó a cortarla sin hacer caso a lo que el
anciano, tristemente, le decía:
- ¿Qué has hecho, nieto mío?, -exclamó el abuelo. Tu padre ha
mandado que me la dieses entera. Voy a quejarme a él.
- Haz lo que quieras, -contestó el muchacho.
El abuelo salió del establo y, buscando a su hijo, le dijo:
- Mi nieto no ha cumplido tu orden: no me ha dado más que la
mitad de una manta.
- Dásela por entero -le dijo el padre al muchacho
- No, -contestó el muchacho-. La otra mitad la guardo para
dártela a ti cuando yo sea mayor y te eche de mi casa.
El padre, al oír esto, llamó al abuelo, que ya se marchaba.
- ¡Papá, papá, vuelve!. Os hago dueño y señor de mi casa, lo
prometo. No comeré un pedazo de carne
sin que vos hayáis comido otro. Te cuidaré mejor que nunca.
Y el abuelo lloró sobre
la cabeza del hijo arrepentido.
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Para
PENSAR Y COMPARTIR:
- ¿Qué te parece la historia? ¿Te
parece bien lo que quería hacer el hijo con su padre?
- Al final, con la manta el hijo ve,
que estaba equivocándose y que con el tiempo y ese ejemplo, su hijo
aprendería a hacer lo mismo.
- En los Buenosdías de hoy te
proponemos que valores a todas las personas que tienes a tu lado y cerca en
vez de pensar solamente en nosotros mismos, pues con el tiempo si todos
piensan en sí mismos acabaremos solos cuando nos haga falta.
¡Buenos
Días!
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