Hace ya muchos años, un hombre fue contratado
en un puerto para pintar una barca. Llevó hasta la dársena con él pintura y
brochas, y comenzó a pintar la barca de un rojo brillante, tal y como había
convenido con el dueño.
Mientras hacía su trabajo, se dio cuenta de
que la pintura estaba traspasando el fondo de la barca y mojando el suelo. Al
fijarse con más atención, detectó un agujero en el casco y decidió repararlo.
Cuanto terminó la labor por la que había
sido contratado, percibió su dinero y se fue. Pero cuál fue sorpresa cuando al
día siguiente el propietario de la barca lo fue a buscar y le pidió que
aceptara un nuevo cheque.
– ¡Pero usted ya me pagó lo que acordamos
por la pintura del barco! –exclamó sorprendido el trabajador.
– Mi querido amigo,
usted no comprende –le respondió el patrón–. Cuando le pedí que pintara mi
barca, se me olvidó hablarle del orificio que tenía en su casco. Tampoco se lo
había dicho a mis hijos, quienes, al ver la barca ya pintada y seca, salieron
de pesca cuando yo estaba ausente. No se imagina la angustia que sentí cuando
volví y me di cuenta de que se la habían llevado. Pensé que podría hundirse en
alta mar y hacerlos naufragar. Al verlos regresar sanos y salvos, examiné la
barca y deduje que, sin que yo se lo pidiera ni le hubiera pagado por ello,
usted había decidido perder parte de su precioso tiempo en reparar el agujero.
¡Su pequeña buena acción ha salvado la vida de los dos seres que más quiero!
¡No hay dinero en el mundo que pueda pagar su generosidad!|
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¡Buenos días!
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